Por Michael Freilich
El arresto de Nicolás Maduro marca más que un acontecimiento dramático en la política venezolana. Revela una realidad profundamente preocupante y documentada desde hace tiempo: la alianza estratégica entre el régimen de Maduro, Irán y Hezbolá. Para la comunidad judía mundial, y en particular para Europa, este nexo no es una cuestión geopolítica abstracta, sino una preocupación concreta de seguridad.
Durante años, Hezbolá ha operado como el representante más eficaz de Irán mucho más allá de Oriente Medio. Sus actividades no se limitan al Líbano o a Israel. Instituciones e individuos judíos han sido blanco constante de redes vinculadas a Hezbolá en todo el mundo, desde Latinoamérica hasta el Sudeste Asiático y, crucialmente, en suelo europeo.
Europa ya ha sufrido las consecuencias. El atentado de 2012 contra el centro comunitario judío de Burgas (Bulgaria), que causó la muerte de seis personas, se atribuyó directamente a operativos de Hezbolá. Desde entonces, los servicios de seguridad europeos han descubierto redes logísticas, financieras y de vigilancia de Hezbolá en varios Estados miembros de la UE, que a menudo operan bajo la apariencia de actividades delictivas o benéficas. Estas redes no están inactivas; existen para posibilitar futuros atentados cuando las condiciones estratégicas lo permitan.
Venezuela, bajo el gobierno de Maduro, desempeñó un papel fundamental en este ecosistema. Según numerosas evaluaciones de inteligencia e informes de políticas, incluidos los del Atlantic Council y las autoridades estadounidenses, el régimen proporcionó a Hezbolá e Irán canales financieros, cobertura diplomática, documentos de identidad y acceso logístico. Este apoyo permitió a Hezbolá recaudar fondos, movilizar operativos, blanquear dinero y mantener una fuerte presencia estratégica lejos de los escenarios de conflicto tradicionales.
Para las comunidades judías, esto es de suma importancia. Hezbolá no distingue entre objetivos israelíes y judíos. Su propia retórica e historial operativo muestran un patrón consistente: las escuelas, sinagogas, centros culturales y líderes comunitarios judíos se consideran objetivos legítimos en todo el mundo. Cualquier Estado que fortalezca la capacidad operativa de Hezbolá aumenta directamente la amenaza a la vida judía a nivel mundial, incluida Europa.
El debilitamiento o desmantelamiento del eje Maduro-Hezbolá, por lo tanto, representa más que un cambio regional. Ataca un nodo clave de la red global de Irán, socavando la capacidad tanto de Hezbolá como del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) para proyectar poder, financiar operaciones y planificar ataques en el extranjero. Irán y el CGRI emergen debilitados, con su infraestructura externa reducida y su margen de maniobra reducido.
Esto también podría desencadenar un efecto dominó más amplio. Irán ya enfrenta una presión interna sostenida, con protestas continuas y un creciente malestar interno. La pérdida de socios externos confiables, como el régimen de Maduro, limita aún más la capacidad de Teherán para estabilizar su red de aliados en el extranjero, lo que podría acelerar la presión interna y externa sobre el propio régimen.
Desde una perspectiva judía y europea, no se trata de triunfalismo ni de escalada. Se trata de prevención. Desmantelar las infraestructuras terroristas respaldadas por el Estado antes de que se traduzcan en atentados salva vidas. Reduce la libertad operativa de las organizaciones que han demostrado repetidamente su intención de atacar a los judíos dondequiera que puedan.
La paz mundial y la seguridad judía no se benefician tolerando regímenes que funcionan como refugios para redes terroristas. Por el contrario, confrontar y desmantelar estas alianzas es un paso esencial para reducir la inestabilidad global y garantizar que las comunidades judías, tanto en Europa como en el extranjero, puedan vivir abiertamente y con seguridad.
Michael Freilich es enviado diplomático especial para el diálogo intercultural y el recuerdo del Holocausto, Asociación Judía Europea (EJA)
